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22/03/2008
Después de la pérdida
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En poco tiempo he conocido la muerte de varias personas jóvenes, bien por accidentes o por enfermedad. Un amigo con el cual suelo quedar a veces para charlar, comer, me comentó en cierta ocasión lo impactante que es enterrar niños y jóvenes; en contraposición, curiosamente con la "aceptación social" y "normalidad" que se toma en casos de personas mayores. La muerte la tenemos aceptada como finitud nuestra, pero la muerte fuera de nuestros límites no en nuestro seno familiar. Quienes conocemos la muerte desde otros puntos de vista, o quienes trabajan por ella en el caso de mi amigo, nos hace más sensibles a este trance, pero no más temerosos, perdemos el "lúgubre respeto" y tanatofobia que las religiones se han empeñado en imprimir a tan natural destino del ser humano.

Normalmente cuando un artículo me gusta, lo recorto, guardo y cuando dispongo de tiempo lo copio y pego en mi blog. Este estupendo artículo de José María Romera me pareció apropiado para recomendar a más a un conocido que ha perdido a alguien , y para que los que le rodean sepan comprender el dolo y el dolor. Una explicación fuera del "traje religioso" que muchas veces quieren dar a los afectados, los más allegados.

Fotografía: por David Stowell, Creative Commons Licence

Fotografía: por David Stowell, Creative Commons Licence

Después de la pérdida, por José María Romera, publicado el 11 de febrero de 2007 en El Correo.

La muerte de alguien próximo desborda previsiones y reglas, pero conviene afrontarla como un trabajo de asimilación y autodominio para evitar la prolongación innecesaria del dolor.

La muerte de un ser querido es tal vez la experiencia más desgarradora en la vida de la mayoría de las personas. Supone un cataclismo anímico, una pérdida que nos sume en la pesadumbre y cuyo dolor deja heridas de las que no es sencillo reponerse. Sin embargo, la naturaleza nos ha dotado de ciertos mecanismos de adaptación y superación para sobrellevar ese vacío. Es lo que habitualmente se conoce como 'duelo': el proceso mediante el cual asimilamos los sentimientos negativos ocasionados por la experiencia traumática y cubrimos finalmente el vacío dejado por el ausente.

Esa reacción adaptativa que es el duelo se manifiesta de forma muy diferente según la personalidad de cada uno, su relación con el fallecido, las circunstancias de la muerte o el medio cultural y la visión de la vida que rija en éste. No es lo mismo la pérdida súbita de un hijo en accidente de automóvil que la muerte natural de un padre o madre nonagenarios, ni tampoco se viven las pérdidas de igual manera en sociedades que conservan unos rituales funerarios distintos de otras. Las reacciones son de intensidad diferente, los deudos se hacen a la idea con mayor o menor resignación, el 'shock' traumático adquiere formas variables según lo casos. Pero todos tienen en común el luto (del latín 'lugere', llorar). No sólo en todos los casos hay una respuesta emotiva, sino que esa respuesta sigue un proceso que obedece a unas pautas comunes y atraviesa etapas muy similares.

Negación e ira

Los estudiosos del duelo han identificado básicamente cinco etapas o fases, que vendrían a ser, por este orden, las siguientes: negación, rebeldía, negociación, depresión y aceptación final. En la fase de negación, ocurre que el aturdimiento inicial suele llevar consigo la sensación de incredulidad, de estar viviendo un mal sueño. La persona se ve sometida a una especie de agitación emocional que la aleja de la realidad y de la que se defiende resistiéndose a aceptar la realidad («Esto no puede haberle pasado a él», «¿Pero si la semana pasada estuve con ella y la vi tan alegre, no es posible que haya muerto!»).

A la etapa de negación le sucede generalmente otra de ira, cólera o agresividad. La impotencia engendra quejas y manifestaciones de violenta protesta, sin objeto preciso, proyectadas tan pronto contra los médicos («Si le hubieran atendido antes, podrían haberlo salvado») como contra cualquier persona viva («No es justo que este sujeto, que es un canalla, tenga buena salud y la muerte le haya tocado a mi hermano, tan buena persona»). Incluso engendramos explicaciones culpables sobre nosotros mismos, por no haber «hecho algo» o, especialmente, por no haber dedicado a la persona fallecida más atenciones y hacerle agradables sus últimos días. No son tampoco infrecuentes los casos en que la ira se proyecta hacia el propio fallecido, a quien reprochamos el dolor que nos ha causado su desaparición.

Tira y afloja

El periodo llamado de negociación se caracteriza por la aceptación de la verdad y el enfrentamiento con la idea de pérdida definitiva e irreversible. Pero no es una aceptación total, sino un tira y afloja entre la memoria y el miedo al futuro, entre la resignación y la rebeldía, entre el deseo de recordar y la necesidad de seguir adelante. Por primera vez interviene la razón, que ayuda a gestionar los sentimientos para que la pena y el dolor, sin desaparecer el todo, adquieran un aspecto menos inmisericorde. Pero es también en esta fase donde aparecen muchas de las trampas psicológicas que habremos de sortear para poder culminar adecuadamente el proceso de duelo. La figura del ser querido pierde sus aristas, empieza a difuminarse al tiempo que se la idealiza. Eso puede provocar nuevos sentimientos de culpa, la sensación de estar traicionándolo egoístamente. Y entonces aparece la autoimposición de seguir sufriendo, como las viejas enlutadas de antaño que se torturaban eternamente en un forzado culto al difunto. La negociación no sólo afecta a los sentimientos, sino también a la vida práctica: hay que tomar decisiones y hacer planes en los que la persona querida ya no cuenta porque no existe.

Por eso la etapa siguiente suele traer consigo la depresión, cierta forma de hundimiento. Apatía, ensimismamiento, falta de interés por las cosas que antes nos ocupaban y otros síntomas físicos o psicológicos de debilidad son la respuesta a una ausencia que empieza a ser admitida. Pese a tratarse de un estado nocivo, la depresión es inseparable del duelo y como tal no debe alarmar salvo que se manifieste de forma acentuada o engendre pensamientos autodestructivos. Entre éstos, los más preocupantes son aquellos que sobredimensionan la culpa, los que niegan la muerte manteniendo costumbres de «presencia» del difunto, los estados alucinatorios de supuesta aparición o posesión y la creencia o el temor de padecer la misma enfermedad que el fallecido o estar expuestos al mismo peligro que provocó su muerte.

Conciencia de la realidad

Finalmente el duelo se consuma en una etapa de aceptación serena y de relativa paz. Somos conscientes de que la vida sigue, aunque en otras condiciones, y de que lo sucedido es irreversible. La tristeza ya no es una losa que pesa sobre nosotros, sino una compañía que incluso puede resultar grata si nos trae recuerdos positivos del ser perdido. Recobramos la conciencia de la realidad, sin ceder a la autocompasión ni a la culpa. Ya no se hacen presentes las ideas nocivas («debería haberme ido con él», «la vida no tiene sentido») y las capacidades mentales y físicas vuelven a su estado normal.

Aunque las cinco etapas suelen sucederse en este orden, ni la duración ni la intensidad de cada una de ellas es igual para todos. La muerte de un próximo es un hecho tan traumático que desborda previsiones y reglas. Pero conviene afrontarla como un trabajo de asimilación y autodominio a fin de evitar la prolongación innecesaria de sus dolorosas consecuencias. Porque tarde o temprano sólo queda recordar, en versos de Tagore, que «como un mar, alrededor de la soleada isla de la vida, la muerte canta noche y día su canción sin fin».

Encuentre más de Jean Pierre Dubarri en elaverno.net. Artículo amparado con Licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0.

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Jean Pierre Dubarri - elaverno.net



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