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07/10/2018
"La penúltima cena": del espectáculo "Criminales'" razones, poética y respuestas de un crimen histórico
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Por: Julio C. Alcubilla B./Récord Report Internacional en THP/ Artes Escénicas

Reynaldo Hidalgo López, Director y dramaturgo, nos presenta un potente y comprometido valor escénico, considerando que desde el teatro y su posición como abogado y criminólogo, trasciende a la lectura del crimen como una expresión humana. La cual deviene de las prohibiciones originales del hombre desde los diez mandamientos, en el origen de las normas morales.

Este montaje lo vi en el gran y valioso escenario del Teatro de la Opera de Maracay, y su innegable factura y dominio escénico, me parece importante darlo a conocer, probablemente tras un copioso y profundo análisis, ya que pronto pudiese tener una temporada en Caracas.

El dramaturgo y director me concedió una entrevista exclusiva, en la cual deja clara su visión tanto del texto como de la propuesta escénica y trabajo de actores. A partir de la misma, se origina esta nota inquietante.

Reinaldo Hidalgo López, consideró revisar cómo las normas morales limitan impulsos y moldean a la sociedad, para mostrarnos una manera de convivencia. Estas tres historias, bajo el formato de tres monólogos, inspirados en hechos reales, de los cuales su autor y director, tuvo conocimiento, en cuanto a las más contemporáneas historias a través de la prensa. Y por otro lado, a partir de una investigación histórica en la que desarrolla tal vez, un relato fantástico, la historia del Duque Cardozo.


Al momento que decide ensamblar estas tres historias sueltas, en tiempos y circunstancias, para concebir un solo espectáculo, tomó tres maneras de ver al crimen: el pensar, el hacer y el sentir. El crimen como pensamiento, el crimen como acción y el crimen cómo emoción. 

Al ser el crimen un ejercicio del poder y de igual manera, exponer al poder como un ejercicio criminal. Este va más allá de la anécdota o de una ideología o Estado. Porque el poder como hecho criminal a su vez, rebasa la anécdota temporal. El mismo tiene que ver con la necesidad de anular al otro, de imponernos, de intentar de lograr un pensamiento único. Obviando las realidades diversas y sobretodo tomando en consideración el anclaje al pasado.

En tal sentido esas ideologías conservadoras, aquellas radicalmente anacrónicas: la negación al cambio, al progreso, a la vanguardia, todo lo que signifique incertidumbre. Será algo que ponga en peligro el estatus quo. En la primera historia, ningún período fue tan manifiesto en estas circunstancias, como el de la Edad Media.

En la cual, el ejercicio del poder de la iglesia, intentaba condenar a todo lo que significaban ideas modernas. De allí se desprende el debate entre ese personaje antiguo el Conde y su supuesto hermano.

En este monólogo denominado "La Penúltima Cena", el personaje comulga con otro personaje tácito dentro de la misma. El cual destaca  además al analizar el texto, por una serie de ideas progresistas sobre la ciencia, concibiendo así, las primeras ideas de la modernidad.

Ideas que comenzaban a considerar que la enfermedad no podría ser una cuestión divina o religiosa, despertando así a una serie de conocimientos, que además nos invitan a reflexionar hasta qué punto se traspasa a la posmodernidad por igual. Existiendo un coqueteo, entre lo que fue la Edad Media y la Edad Moderna. Confrontando de esta manera la crisis de la modernidad, junto a la crisis del pensamiento racional. Develando además un paralelismo entre lo que ocurrió en la Edad Media, y el rechazo aún actual, de las ideas progresistas de la medicina contemporánea.

El actor Daniel Vásquez, entra sólidamente en el universo imaginario, y a la vez coloca a ese imaginario en la escena, como un personaje más o actante, que lo acompaña, junto a ese hermano omnisciente. En su juego interpretativo, se coloca ese personaje,  frente al actor, despertando en este intérprete, todo lo que se requirió para ir al encuentro de una escena sólida y eficaz. 

Alcanzando de esta manera el verdadero ejercicio interpretativo, el espectador acucioso, comprende que este actor emprende un viaje, un tránsito de representación teatral, a partir de una carga imaginativa como principal recurso. Para así asomar sus contextos interpretativos. Además de sus investigaciones para edificar la arquitectura de su personaje, no alejadas de las percepciones, que tenemos en relación con los cambios del mundo.

Daniel Vásquez, asume este rol, a partir de cuestionarse y cuestionar su entorno. Porque en la de dirección se observa, cómo el actor ha de ser capaz de colocar ante sí al personaje. Y hasta cierto punto ignorar la verdad desde el universo personal del intérprete, para destacar que en su representación, vemos como ese personaje producto de su imaginación, levita con él en la escena. 

El actor pareciese que se queda perplejo, frente a este personaje que el mismo ha creado, que bebe de él y vuelve a la escena, para convivir. Este personaje profundizando aún más, podría ser aún más monstruoso. Porque en definitiva, la cara que a veces tenemos de este actor, es que al parecer reposa, porque el personaje producto de su imaginación, es más trascendente.

Cada parlamento que dice, es más comprometedor, llegando a ser tan necesario que como espectadores, logremos identificar la dimensión general del personaje. Al indagar en esta percepción personal, intentando el ejercicio de mi análisis crítico del hecho teatral, concluyo que el director propone un hilo conductor, entre el personaje antiguo y el segundo personaje, del segundo monólogo.


Develando en ese personaje antiguo la muestra de una sociedad antropofágica, evidenciada a través de la gula como una de las expresiones más antiguas. Surgiendo así una necesidad devoradora del hombre como hecho social.

Al pensar en esta sociedad devoradora personal nace así esa suerte de antropofagia social, impulsada a través de esa gran trampa que representan los gobernantes. Del tirano, del monarca, descubriendo a la vez, que el pasa a ser su propia comida.

Es por ello que evidenciamos en la escena, cómo el personaje del Conde se convierte en su propio banquete. Invitando de manera contundente al espectador, a concluir por otra parte, que probablemente somos un banquete que nos servimos, a través de nuestras propias ideas, y de esta manera nos degusta la sociedad.

De forma tal que esa sociedad golosa, en la cual nos queremos devorar, forma parte de nuestro propio ser, porque a esa sociedad la hemos creado a nuestro antojo. 

El texto de este primer monólogo, comienza por la cotidianidad, en un espacio escénico, donde el personaje convive. Suponiendo esto una diatriba intelectual para el personaje, el cual además de comprenderla, la tolera. Sin embargo esta tolerancia es hasta que no le toca.

Es por ello que el impacto desencadenante en este primer monólogo, emerge cuando se pregunta si quiere dinero, asumiendo así que puede juguetear con todas las ideas estúpidas de su cabeza. Llegando a convertirse en un esclavo que obedece sus caprichos, deslumbrando de esta manera el chantaje moral del desposeído.

Porque este a través de la conmiseración, intenta apoderarse del tirano, por ello, de allí cuando pasa a ser  banquete, catapulta el conflicto frente al espectador. El cual sin embargo llega a ser muy sutil en la escena, porque lo que el dramaturgo y director propone, es dibujar de qué manera el personaje va entrando en una serie de conflictos, a partir de su propia consideración del poder. "Yo soy el poder y sirviente a la vez"...

El personaje al servirse como plato, propicia la muerte de ambos. No olvidando de esta manera, que por ser el poder, puede resucitar. Es decir surgiendo otra metáfora, la que se refiere a la tolerancia hipócrita del poder. Notando claramente, que el dramaturgo y director, propone en tal sentido un tránsito sutil, dentro de la propia condición de tiranía del personaje. 

El espectador sin embargo, percibe que las ideas de este personaje, al comienzo se les presentan muy bien dibujadas en el parlamento. Luego se debaten dentro de un contexto muy intelectual, y en la medida que se van haciendo conflicto, desaparece poco a poco la intelectualidad, para dar cabida a los parlamentos más desencarnados, salvajes, primitivos. 

El nudo semántico de esta manera, se abre con esa gran mesa, ese banquete que se deja abierto, porque la meta del autor y director, es que el espectador comprenda que este debate sobrevive en el tiempo. 

Evidenciado a través del segundo monólogo, del segundo personaje con sus propios conflictos morales.

Espacio Escénico de "La Penúltima Cena"

La ingeniosa escenografía en este primer monólogo, el autor y director, propone una alianza con la escenógrafa Aidé Pino, concibiendo la escena en progresivo. Tomando en consideración un fondo en perspectiva hacia el frente. Porque la intención para este primer personaje, era ubicarlo como perdido en el tiempo.

Emanando de la profundidad, de la oscuridad, en la cual evidenciamos textos que reflejan ruinas de un palacio, ruinas de unas sillas, de una mesa que se pierde en la perspectiva. Que como espacio escénico, nos muestra a un personaje que deambula, a veces claro y otras veces oscuro.

Como espectadores notamos no con absoluto agrado, que el personaje a veces desaparece y vuelve aparecer, en la propia historia. Porque en la historia reconocemos que existen lagunas o hechos desconocidos, trazos que no se comprenden.

Esto además se complementa con un espejo dentro de la escena, el cual como elemento semiótico, es un objeto que testimonia lo que se ve, representando a su vez un libro de historia. El cual es capaz de traducir o reflejar un cuadro muy pequeño de aquello que conocemos.

Porque como sabemos, no podemos realmente reconocer a plenitud, cómo era realmente el hombre en la Edad Media. Cómo tampoco podríamos conocer las intimidades de un tirano. 

En tal sentido, el espejo está allí para decirnos, que siempre vamos a tener la posibilidad, de ver fragmentos de la historia. Aunque los veamos a veces como reflejo en un espejo, otros perdidos en la oscuridad, otros los escuchamos y muchos los ignoramos.

Como espectadores, la exposición de una historia perdida nos sorprende, pero solemos olvidar, que la misma puede ser el principio de todo. Y quizás reconocer que el principio del crimen, está en la definición de las ideas, y estas tienen que ver con el ejercicio de la moral, con la necesidad de ejercer el poder, con la necesidad de controlar...siendo este ejercicio tan antiguo, como lo es el hombre.










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